Feria de Jerez

Cada uno cuenta la feria como le va. Es como mirar la Mona Lisa, o la faz de la Virgen del Rocío. Parece que te sonríe o que está triste. La imagen es inmutable, pero depende del estado emocional de cómo la mire el observador. La feria aporta felicidad a unos y esfuerzo por el trabajo a otros. La feria es igual para todos, pero se vive de diferente forma. Ciudad efímera de la alegría, ejemplo de “vive el momento”, el Carpe Diem de la actualidad. Ya falta poco.

 

Creo que es oportuno recordar que fue el rey Alfonso X, después de la conquista de la ciudad en 1264, el que concedió a Jerez dos ferias, en las cuales se podía comprar-vender sin tener que pagar impuestos ni tasas por las transacciones. Esto favoreció el asentamiento del nuevo comercio llegado de otros lares hispánicos. La diferencia de aquellas ferias con la actualidad es enorme en lo relativo a los costes, porque montar una caseta en la feria es más costoso que comprarse un automóvil.

 

Puestos a contar como fue la feria, quiero recordar que hace mas de cincuenta años muchas familias íbamos con el canasto lleno de viandas, y acampábamos, porque era como familia tribal, en los jardines de La Rosaleda como si de un picnic se tratara. Desde allí íbamos y veníamos a los cacharritos. La feria de ganado estaba llena de montones de alfalfa, con los pilones de agua para abrevar tanto el ganado como las personas, y enjuagar una lechuga de las muchas que se vendían. En esa feria se desarrollaba el poema de Pemán que habla del trato, transacción ganadera, a través de media botella de vino y almejas. Como el viaje a Itaca, que lo importante es el mismo viaje no a dónde se llega.

 

Una caseta permanente existía en aquel lugar: la de Manolo Gamboa. El vino de medio tapón se refrescaba con barras de hielo. Medio tapón como eran Don Puyazo, Fino CZ, Campero, Mackenzie.

 

Mi familia instalaba una caseta al lado de la caseta de “La Maora” y la de Lola Armario. Casetas adornadas con cadenetas pegadas con engrudo, y flores de papel. Los pilares que sostenían el techo se adornaban con hojas de palmera. Unos buenos anafres forrados con escorias del tren a vapor y barro, y encima unos grandes peroles llenos de aceite de oliva que se utilizaban para freír el pescado. ¡Que buenas estaban aquellas pijotas en rosca, que se mordían la cola! La caseta de mi familia se llamaba “Los Churumbeles” y era de madera en todos sus elementos. Entonces no había “Puito”. En estas casetas trabajaba toda la familia.

 

A la entrada de la caseta se colocaban unas cortinas de lunares, y a divertirse, charlar, encontrar a los familiares, a los amigos, comer menudo, berza, y escuchar flamenco espontáneo. Hoy en la feria es muy difícil, no ya escuchar, sino ni tan siquiera oír flamenco. Se quedó grabada en mi memoria de niño una noche en la caseta de “La Maora”, madre de la saga de los Moraos, una fiesta flamenca que duró hasta el amanecer. Noche de romperse la camisa, de cabales, de sentimientos y penas de amores y madres. Menos mal que aún quedan las peñas flamencas para poder vivir estas experiencias.

 

La feria que yo cuento me fue bien. Ahora también me va bien, pero con unos precios que vamos a tener que volver a la cesta de comida en los jardines de La Rosaleda, si la ley anti-botellón lo permite, claro.

Publicado en D de J en abril 2008

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Acerca de republicadecuartillo

Soy de Jerez y me interesa todo lo humano y todo lo divino
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